domingo, 3 de mayo de 2009

El Samurai

Asombroso fue saber que Henríquez vivía cerca de mi casa. No menos asombroso fue enterarme que me esperaba. Durante semanas he estado preguntándome quién ha sido el entregador, el traidor, la persona que me ha delatado. Imposible saberlo. Los delatores se esconden generalmente detrás de las caras más honestas. ¿Cómo es posible que Henríquez supiera que yo iba a ir a pedirle una entrevista?

Adulfo Henríquez hizo más cosas en esta vida que preocuparse por la fealdad de su nombre: viajó por el mundo, trabajó como intérprete de sesiones en los más reputados organismos internacionales, y habla con corrección cercana a la petulancia en cinco idiomas, entre ellos, el mandarín. Sin embargo, es un hombre sencillo, y quizá un poco agobiado. A su violenta mucama presenté mis pobres credenciales de escritor sin libro publicado y de traductor sin título. Me asombró que ella me ordenase que la esperase, se diera la media vuelta, y que volviese, diciéndome que el señor Adulfo me concedería la gracia de recibirme a las cinco y que la entrevista sería en francés. Luego me preguntó si me gustaban el té de jazmín y delicias turcas. La verdad es que encontrar semejante menú en el barrio de Palermo, que se jacta de su diversidad cultural (diversidad que no incluye a peruanos, paraguayos ni bolivianos), me tentó.

Me presenté a las cinco de la tarde. Henríquez me abrió democráticamente la puerta, vestido con una robe de chambre de seda y me invitó a pasar y a sentarme sobre una silla pekinesa. Gastaba maneras delicadas, afeminadas y suaves, como todo hombre culto. Se movía con lentitud y precisión. Cuando me dio la espalda vi que la robe de chambre llevaba estampada una figura de un samurái. Me presenté y le dije cuál era el motivo de mi visita: informarme qué contactos era posible establecer para darme una vuelta por alguna barriada de lejano oriente. Henríquez no parecía escucharme. Entonces alabé su buen gusto y su robe de chambre y pareció despertar. Me dijo que no valía nada, que solo le había costado cinco dólares, y que en su dormitorio tenía otras aún más lindas. Yo dije aquello de “One man’s meal is another man’s poison¨. Henríquez asintió en silencio, y luego de reflexionar, me pidió que lo acompañara a su dormitorio. Cierta cautela se apoderó de mí. Henríquez me había dado una cita, pese a mis pobres credenciales. No era ilógico desconfiar. Pensé que Henríquez vivía solo, sin mujer o pareja conocida, y se me ocurrieron un par de causas que justificaban esa situación. Entramos al dormitorio decorado, como toda la casa, con objetos suntuosamente asiáticos. Henríquez abrió la puerta de su vestidor: en fila y muy ordenadas, había colgadas cincuenta robes de chambre de seda, algunas sencillamente fenomenales.

- ¿Sabe cuánto cuestan? – me preguntó Henríquez. La pregunta me molestó, yo estaba feliz, viendo la belleza de esa colección y no me interesaba el mundano hecho de conocer su valor. Yo no las iba a comprar, después de todo. Henríquez insistió con su pregunta.
- Imagino que si las vendiera aquí, podría comprarse otra casa colonial como ésta, en Palermo.
- Estos robes no cuestan nada. – Me dijo, sorprendiéndome. – Cada una de ellas me costó cinco dólares o menos. Y la verdad es que no podría venderlas, porque están hechas a medida. El tailleur de Bangkok que las hizo me besaba las manos cada vez que yo iba a su tienda a encargar otra. Para él, mis cinco dólares representaban muchísimo dinero. No podría venderlas y no quiero venderlas. Cuando la vejez se encargue de mí, voy a donarlas a los pobres o al museo. Yo solo las tengo en préstamo. Pasemos al salón.

Mientras caminábamos por los pasillos de esa casa italiana, me dije que este viejo estaba totalmente loco. Cualquier museo hubiese pagado mucho por esa colección: a ojo de buen cubero, el arte que decoraba la casa (vasijas, budas, bailarines, elefantes y dragones) hubiese alcanzado para hacer una muestra permanente en el Museo de Bellas Artes.

- Sin embargo, el arte me costó mucho más. ¿Quiere saber cuánto pagué por él?

La verdad es que no, no quería, pero teniendo en cuenta que mi anfitrión estaba obsesionado por demostrarme lo bien que le iban los negocios, pregunté muy educadamente “¿Cuánto?”.

- Todo. Nada. Todo lo que usted ve aquí es un regalo. Es el regalo más caro del mundo. Ya le explicaré. Sentémonos.

La mucama había dispuesto todo para que merendáramos. Sobre la exquisita mesa laqueada había un juego de té que reconocí oriental: la tetera representaba un dragón que lanzaba fuego, y del fuego se abría la abertura necesaria para que saliera el agua. El aire se llenó de olor a jazmín.
Henríquez me sirvió el té de jazmín.

- Tenga cuidado, está caliente. Como usted ve, Carbajal, he sabido aprovecharme de las oportunidades que me da la vida – dijo Henríquez con tristeza – Sí. Por eso no voy a darle consejos. Va a tener usted que disculparme. Le voy a contar una historia, que es aún mejor.
- Pero…
- Los consejos no sirven, mi joven amigo. ¿Hubiesen servido los consejos y las experiencias de Alejandro Magno para Napoleón Bonaparte? La verdad es que no. Napoleón se hubiese metido igual en Waterloo, porque su prestigio estaba en juego. Nosotros, los hombres, que hemos inventado a Dios, hemos inventado aún algo más terrible: el prestigio. Es por eso que voy a contarle la historia del Samurái.
- ¿Del Samurái?
- A este hombre de negocios de Bangkok le decían el Samurái. Esta robe que llevo puesta es en honor a su historia, que es un poco la mía. Es la última robe que mandé a que me diseñaran. El Samurái era mi vecino en Bangkok, y era, según dicen, un hombre regido por unos códigos de acero. Eso no lo sé con precisión, porque conmigo era simpático. Como le he dicho, vivíamos en el mismo barrio de Bangkok, aunque quizá eso es decir demasiado: él vivía en los aviones y su casa era solo una de sus propiedades, la que le quedaba más cerca de su trabajo, de su aeropuerto y de la bolsa de valores. No se daba con nadie, creo que por eso hablaba conmigo. Yo era después de todo solamente un extranjero. Alguna vez me confesó, un domingo en el que estaba desesperado porque no tenía nada para hacer, que no sabía qué hacer con su tiempo libre.

Hice silencio, resignado. El hombre viejo contaba una historia.
- Cerca de nuestras casas (la mía, alquilada por la compañía, era por lo cierto, mucho menos bella que la de él) había una casa en construcción. Yo estuve tres años viviendo en Bangkok, y la casa en construcción solo fue terminada al final de mi estadía, cuando la desocuparon.
- ¿Cuándo la desocuparon? ¿Quién vivía ahí?
- Vivían unos chicos pobres, que aspiraban pegamentos y andaban casi desnudos. Eran los mendigos del barrio, que estiraban la mano al verte pasar. Yo nunca les daba dinero, prefería darles comida, que ellos aceptaban a regañadientes. Eran catorce y andaban siempre con un perro pulguiento que, usted disculpará la falta de decoro, ensuciaba con sus excrementos los jardines de los vecinos del barrio. Pues bien, de un día hacia el otro, como siempre sucede, el Samurái murió. Sus códigos eran de hierro pero su corazón no, y el hombre fue sacado en una camilla de la opulenta casa que habitaba, solo, y sin que nadie lo llorara. Fui yo quien tuvo que llamar a los paramédicos, porque la casa olía mal. Según supe más tarde, el hombre murió como había vivido: solo. Durante dos semanas su cadáver se pudrió en la casa opulenta. También yo tuve que llamar a uno de los familiares, para avisar que el hombre había muerto.

Al día siguiente, los niños que habitaban la casa en construcción tomaron la casa del Samurái, y la declararon su casa. Decían que ellos eran hijos del Samurái, y que por lo tanto, la casa les correspondía.

- ¿Eso era verdad?

- Quizá en algunos casos. No lo sé a ciencia cierta. No llegué a trabar una relación muy estrecha con el hombre de negocios, y sin dudas, nunca llegué a preguntarle sobre sus hábitos sexuales. Hablábamos sobre generalidades, le presté algunos libros que aproveché para devolverme cuando estuve en su casa. Lo importante en la historia es que cuando los chicos ocuparon la casa, se llevaron maderas de la obra en construcción y tapiaron todas las ventanas, salvo las de arriba, que daban a una especie de balcón. Hicieron un fuerte de la casa, y comenzaron a destruir todo lo que había en su interior. En poco tiempo, la casa se veía muy mal y olía peor. La curiosidad y la piedad me impulsaron a hacer lo que hice: una quiche, que les llevé, envuelta en un paño limpio y todavía caliente, y algunas gaseosas.

- ¿Lo recibieron?


- Me sacaron a pedradas. Me dijeron que ellos no necesitaban de mí, y que podía guardarme la tarta en…bien. Cuando me alejé, reconocí que los proyectiles que habían usado contra mî eran parte de las piedras que adornaban la casa. Soportando el ruido continuo de música continua, un día recibí una visita del todo inesperada. Los deudos del Samurái querían saber cómo deshacerse del ejército de catorce chicos pobres que habían ocupado esta valiosa propiedad céntrica. Recomendé hacer lo que se haría aquí, una denuncia. Dos de ellos no podían denunciar a los niños, pues eran socios de una organización de ayuda a los niños desvalidos. Necesitaban que alguien hiciera la denuncia por ellos. Algunos días más tarde, un auto de policía se acercó al lugar, y fue recibido y despedido con mucha más virulencia que con la que me recibieron a mí.

- ¿Los niños echaron a la policía?


- Si. De hecho, uno de los policías quedó bastante magullado del encuentro. Desde uno de los balcones, el mayor de los niños sacó la cabeza y dijo con palabras obscenas que nadie podría vencerlos, y que además, ellos eran los hijos del Samurái y la casa les pertenecía.

- ¿Y qué pasó?


- Tres días más tarde, fui testigo de la peor escena de mi vida. Los familiares lograron convencer a otro idiota de presentar otra denuncia, así que sumando los agravantes del ataque a los agentes, cuatro autos de policía se hicieron presentes, más un camión para llevar a los niños detenidos. Esta vez no mediaron palabras ni advertencias: los policías liquidaron al perro, y entraron a sangre y fuego en la casa. Sé que mataron a dos niños.

- Terrible. ¿Qué hicieron con el resto?


- Los subieron a un camión, y sé que se dispersaron y no que no viven más juntos. Cuando me fui de Bangkok, uno de ellos pedía limosnas en el aeropuerto. ¿Ahora comprende por qué todo este arte que usted ve, no vale nada?

Le dije que no. Que no comprendía. Se levantó de su silla.

- Soy yo, Carbajal, el que hizo la denuncia. He aquí mi pago, en esta sala y en mi cuarto: mi arte oriental es el precio que los deudos del Samurái acordaron pagarme si yo hacía la denuncia. Todo el arte y el oro de mi casa no alcanzaría a venderme una absolución, porque todo el arte y el oro de esta casa son el precio de la vida de dos inoncentes. Yo soy Judas Iscariote, yo soy el entregador, el traidor y un partícipe en el asesinato de esos dos chicos. Lo que usted ve en esta sala es arte oriental, lo que yo veo es el pago de mi bajeza y de mi traición. Me habían hablado de usted, y sé que es la persona ideal para conocer esta historia, pues la escribirá. Le he invitado conociendo su debilidad por hablar demasiado de la gente, por no guardar los secretos. Me habían avisado que usted vendría a verme. No guarde este secreto por favor, difúndalo. Yo soy simplemente despreciable. Dígaselo a todo el mundo. Es por ese motivo que no puedo darle a usted ningún consejo. Haga su vida, y le pido por favor, que ni bien termine su té y atraviese esa puerta, no vuelva usted nunca más.

martes, 28 de abril de 2009

Salir a comprar

“Le stock est sa table”* dijo Mathieu, desde la ducha. Jessica respondió que estaba bien, y bamboleando sus enormes tetotas, saludó con un “hey” a la novia de Mathieu que estaba sentada, mirando su reality favorito, o quizá, uno de sus favoritos, mientras hablaba por teléfono con una de sus amigas. No me gusta la novia de Mathieu, el colorado, porque tiene algo en la cara, es como una especie de resentimiento (lo cual es fácilmente entendible, teniendo en cuenta que su casa es invadida constantemente por gente que no conoce, que viene a hacer negocios medianamente ilegales con su marido), o quizá la certidumbre de que su vida se parece un poco a la de los equilibristas que no tienen red.

Nadie puede llevarte preso por fumarte un porro en la calle en Québec, pero sí te pueden poner una multa si el policía es demasiado estricto. Por eso, algunos dealers que conozco andan en bicicleta, con un bipper a la cintura y un celular en la mano, y con una cantidad tan exigua de material encima que nadie podría levantarles una causa judicial. El resultante de una actividad física tan constante es que muchos camellos están en un muy buen estado físico. Conozco uno que me traía el pedido a casa en bicicleta, a menos quince grados y algunas veces, mientras nevaba. Eso es para los que dicen que los drogadictos son todos unos haraganes.

Jessica abre la bolsa de polietileno blanca que hay sobre la mesita ratona y el olor a marihuana fresca no invade el departamento porque ya estaba invadido desde antes de que nosotros llegáramos (digamos que desde que se mudaron sus actuales locatarios). Dentro de la bolsa estaban los artefactos necesarios para la compraventa: una minúscula balancita gris toda rayada, bolsas refermables*, y por supuesto, la marihuana. “¿Cuánto querés?” me dijo Jessica, jugando a ser la vendedora, la dealer, la camella. Es un juego que le gusta mucho jugar, pero es solo un juego: no le gusta que nadie le diga que vende, porque en realidad ella no vende. Jessica es la evangelizadora, su papel en la compraventa de marihuana es mucho más espiritual que mundano: ella la publicita porque la fuma, y la fuma porque la publicita. Es el Herf Ingerson femenino del mundo del marley, la Marlboro woman que anda soltando flores y chustas de porro, y que siempre tiene uno metido en el bolso a medio fumar para la hora del recreo.

Le digo a Jessica que quiero diez dólares. No es mucho, de hecho, es el importe mínimo que me dura aproximadamente una semana, y que me duraría aún más si muchos de mis amigos no fueran tan porreros. Jessica pesa los diez dólares y me los entrega. Graciosamente, la bolsita termina más gorda que cuando me la llena el degenerado de Mathieu, el colorado, que juega a ser muy escrupuloso con la cantidad, pero siempre me da de menos. No me importa tanto, después de todo. Supongo que se está acostumbrando a los negocios para cuando tenga su propia compañía farmaceútica.

Los camellos han sido mis primeros amigos aquí, y por algún motivo extraño, todos ellos se llaman “Mathieu”. Mi primer camello de aquí paraba en la plaza Berry Uqam, la estación central de Métro de Montréal. Cumplía religiosamente con esa costumbre que algunos blancos han copiado de los negros (como tantas cosas). Pantalones de jeans que le iban dos números más grandes, de manera tal que se le vieran los calzoncillos, siempre nuevos. Campera blanca, muy limpia, zapatillas también blancas y la infaltable bijouterie de oro. Quien conozca ese barrio de Montréal se preguntará cómo diablos hacía Mathieu, el plazero, para estar siempre tan blanco con la cantidad de nieve sucia y smog que concentra Berry Uqam. Su aspecto era el de ese personaje popular tan quebeco al que la gente llama "Yo" (porque todos saludan diciendo: "Yo, man") . Mathieu no era mi amigo, pero tenía un servicio eficiente, y no tengo quejas de él. Un día me confesó que tenía que vender mucho para ganar algo de dinero, porque por cada sobre de diez dólares que metía, ganaba dos. Su truco de venta en un lugar tan público era dejar el sobrecito con el cogollo de porro en uno de los canteros de la plaza, para que yo fuera a buscarlo luego. Antes yo le había dado la mano con mis diez dólares escondidos entre los dedos y todo era rápido: hacíamos ese intercambio mientras desde la esquina, un auto de policía vigilaba la zona atentamente. Algunas veces volvía a casa sin nada para fumar, porque Mathieu el plazero consideraba que había demasiados flics* cerca.

Jessica hace tiempo mientras envuelve mi pedido. Sé que está haciendo tiempo a propósito, porque quiere ver en la hercúlea tele de quichicientas pulgadas de nuestro dealer su programa favorito: una versión de Gran Hermano llamada Loft Story. Maldigo internamente a Jessica por hacerme quedar más tiempo del necesario. Soy paranoico, así que me imagino que mientras estamos ahí, sentados mirando tele, un policía vuela la puerta de una patada y entra a los gritos, nos esposa y nos lleva a todos presos, y esa misma noche un preso me confiesa su amor eterno y me enumera la cantidad de cosas que me haría. Odio tener que venir a este departamento a comprar, pero no hay ningún otro Mathieu cerca de casa.

Desde que me mudé he perdido el privilegio de llamar a otro Mathieu, un árabe, que me traía impuntualmente saquitos con la hierbita verde, y me contaba de su vida. Mathieu el árabe tenía las marcas del reformatorio en la cara, y me comentó alguna vez, con tono distraído, que quería aprender a controlar su ira, porque alguna vez había apuñalado a alguien. El miedo lo volvía loco e imparable, no podía controlarse. Por suerte para él, la persona que apuñaló no había muerto, pero habría quedado muy maltrecha. Cuchillos más, cuchillos menos, Mathieu el árabe es uno de mis dealers inolvidables, un tipo capaz de traerme marihuana gratis solo para que lo escuchara hablar y le dijera qué pensaba. Así que de un tiempo a esta parte Mathieu el árabe ha dejado de venderme, y tengo que venir aquí, a este departamento de tres ambientes y medio, decorado con lo más fino que un joven casi adolescente puede comprar (sin que el sistema de impuestos canadiense se de cuenta), y que tiene una novia fea y un poco deformada que se sienta, como una reina, en el sillón de tres cuerpos de cuero violeta a mirar todo lo que el sistema de TV de alta definición pueda grabar y repetir.

La novia de Mathieu, el colorado, no quiere a Jessica. Se le nota en los ojos que la desprecia, que la censura y sobretodo, que le envidia las tetotas. La señora dealer tiene una cara medianamente linda, ojos profundamente azules y pelo cuidado, y se viste con ropa de marca y ajustada, lo cual no la beneficia, porque tiene las tetas desparejas y el culo muy chico, además de las piernas torcidas de tanto pasar sentada mirando tele.

Vemos el programa en la tele. Jessica me prometió que nos iremos en la pausa. Eso no me tranquiliza en lo absoluto, porque mi paranoia sigue, ajena a lo que cuenta Loft Story. Va a entrar la cana por esa puerta y va a arrear con todos nosotros, conmigo mi primero, por mi cara de latino, y me van a acusar a mí de estar vendiendo, por mi cara de latino. Así que no presto mucha atención al programa, pero sí presto atención a la decoración de la casa, que es tan chic y a la vez tan burda: un espejo con marco caro en el living, artículos de cocina de lujo, tres colores distintos en cuatro paredes y una chica, objeto, que es lo más lindo que Mathieu el colorado ha logrado ligarse, ejerciendo la dictadura con un control remoto las manos, mientras se sienta sobre sus piernas deformadas de tanto estar sentada mirando la tele, y sostiene con la mano libre un teléfono celular de los caros, hablando con sus amigas, aprovechando las bonnes fortunes de su novio, el vendedor de drogas.

El programa se va a la pausa. Jessica se pone rápido sus botas y me dice que tengo que dejarla en su casa, porque no quiere perder ni un segundo del segundo bloque de su emisión favorita. Una vez en el auto, me dice: "¿Sabés? Creo que le caigo bien a la novia de Mathieu."


* “Le stock est sa table”: el producto (el stock) está sobre la mesa.

* refermables: Autocerrables. Se trata de esas bolsitas que las amas de casa usan para guardar comida en el freezer, y que tienen en su parte superior un dispositivo para cerrarse e impedir que el aire entre dentro de la bolsa. Ziploc es la marca más conocida.

*flics: policías.