martes, 28 de abril de 2009

Salir a comprar

“Le stock est sa table”* dijo Mathieu, desde la ducha. Jessica respondió que estaba bien, y bamboleando sus enormes tetotas, saludó con un “hey” a la novia de Mathieu que estaba sentada, mirando su reality favorito, o quizá, uno de sus favoritos, mientras hablaba por teléfono con una de sus amigas. No me gusta la novia de Mathieu, el colorado, porque tiene algo en la cara, es como una especie de resentimiento (lo cual es fácilmente entendible, teniendo en cuenta que su casa es invadida constantemente por gente que no conoce, que viene a hacer negocios medianamente ilegales con su marido), o quizá la certidumbre de que su vida se parece un poco a la de los equilibristas que no tienen red.

Nadie puede llevarte preso por fumarte un porro en la calle en Québec, pero sí te pueden poner una multa si el policía es demasiado estricto. Por eso, algunos dealers que conozco andan en bicicleta, con un bipper a la cintura y un celular en la mano, y con una cantidad tan exigua de material encima que nadie podría levantarles una causa judicial. El resultante de una actividad física tan constante es que muchos camellos están en un muy buen estado físico. Conozco uno que me traía el pedido a casa en bicicleta, a menos quince grados y algunas veces, mientras nevaba. Eso es para los que dicen que los drogadictos son todos unos haraganes.

Jessica abre la bolsa de polietileno blanca que hay sobre la mesita ratona y el olor a marihuana fresca no invade el departamento porque ya estaba invadido desde antes de que nosotros llegáramos (digamos que desde que se mudaron sus actuales locatarios). Dentro de la bolsa estaban los artefactos necesarios para la compraventa: una minúscula balancita gris toda rayada, bolsas refermables*, y por supuesto, la marihuana. “¿Cuánto querés?” me dijo Jessica, jugando a ser la vendedora, la dealer, la camella. Es un juego que le gusta mucho jugar, pero es solo un juego: no le gusta que nadie le diga que vende, porque en realidad ella no vende. Jessica es la evangelizadora, su papel en la compraventa de marihuana es mucho más espiritual que mundano: ella la publicita porque la fuma, y la fuma porque la publicita. Es el Herf Ingerson femenino del mundo del marley, la Marlboro woman que anda soltando flores y chustas de porro, y que siempre tiene uno metido en el bolso a medio fumar para la hora del recreo.

Le digo a Jessica que quiero diez dólares. No es mucho, de hecho, es el importe mínimo que me dura aproximadamente una semana, y que me duraría aún más si muchos de mis amigos no fueran tan porreros. Jessica pesa los diez dólares y me los entrega. Graciosamente, la bolsita termina más gorda que cuando me la llena el degenerado de Mathieu, el colorado, que juega a ser muy escrupuloso con la cantidad, pero siempre me da de menos. No me importa tanto, después de todo. Supongo que se está acostumbrando a los negocios para cuando tenga su propia compañía farmaceútica.

Los camellos han sido mis primeros amigos aquí, y por algún motivo extraño, todos ellos se llaman “Mathieu”. Mi primer camello de aquí paraba en la plaza Berry Uqam, la estación central de Métro de Montréal. Cumplía religiosamente con esa costumbre que algunos blancos han copiado de los negros (como tantas cosas). Pantalones de jeans que le iban dos números más grandes, de manera tal que se le vieran los calzoncillos, siempre nuevos. Campera blanca, muy limpia, zapatillas también blancas y la infaltable bijouterie de oro. Quien conozca ese barrio de Montréal se preguntará cómo diablos hacía Mathieu, el plazero, para estar siempre tan blanco con la cantidad de nieve sucia y smog que concentra Berry Uqam. Su aspecto era el de ese personaje popular tan quebeco al que la gente llama "Yo" (porque todos saludan diciendo: "Yo, man") . Mathieu no era mi amigo, pero tenía un servicio eficiente, y no tengo quejas de él. Un día me confesó que tenía que vender mucho para ganar algo de dinero, porque por cada sobre de diez dólares que metía, ganaba dos. Su truco de venta en un lugar tan público era dejar el sobrecito con el cogollo de porro en uno de los canteros de la plaza, para que yo fuera a buscarlo luego. Antes yo le había dado la mano con mis diez dólares escondidos entre los dedos y todo era rápido: hacíamos ese intercambio mientras desde la esquina, un auto de policía vigilaba la zona atentamente. Algunas veces volvía a casa sin nada para fumar, porque Mathieu el plazero consideraba que había demasiados flics* cerca.

Jessica hace tiempo mientras envuelve mi pedido. Sé que está haciendo tiempo a propósito, porque quiere ver en la hercúlea tele de quichicientas pulgadas de nuestro dealer su programa favorito: una versión de Gran Hermano llamada Loft Story. Maldigo internamente a Jessica por hacerme quedar más tiempo del necesario. Soy paranoico, así que me imagino que mientras estamos ahí, sentados mirando tele, un policía vuela la puerta de una patada y entra a los gritos, nos esposa y nos lleva a todos presos, y esa misma noche un preso me confiesa su amor eterno y me enumera la cantidad de cosas que me haría. Odio tener que venir a este departamento a comprar, pero no hay ningún otro Mathieu cerca de casa.

Desde que me mudé he perdido el privilegio de llamar a otro Mathieu, un árabe, que me traía impuntualmente saquitos con la hierbita verde, y me contaba de su vida. Mathieu el árabe tenía las marcas del reformatorio en la cara, y me comentó alguna vez, con tono distraído, que quería aprender a controlar su ira, porque alguna vez había apuñalado a alguien. El miedo lo volvía loco e imparable, no podía controlarse. Por suerte para él, la persona que apuñaló no había muerto, pero habría quedado muy maltrecha. Cuchillos más, cuchillos menos, Mathieu el árabe es uno de mis dealers inolvidables, un tipo capaz de traerme marihuana gratis solo para que lo escuchara hablar y le dijera qué pensaba. Así que de un tiempo a esta parte Mathieu el árabe ha dejado de venderme, y tengo que venir aquí, a este departamento de tres ambientes y medio, decorado con lo más fino que un joven casi adolescente puede comprar (sin que el sistema de impuestos canadiense se de cuenta), y que tiene una novia fea y un poco deformada que se sienta, como una reina, en el sillón de tres cuerpos de cuero violeta a mirar todo lo que el sistema de TV de alta definición pueda grabar y repetir.

La novia de Mathieu, el colorado, no quiere a Jessica. Se le nota en los ojos que la desprecia, que la censura y sobretodo, que le envidia las tetotas. La señora dealer tiene una cara medianamente linda, ojos profundamente azules y pelo cuidado, y se viste con ropa de marca y ajustada, lo cual no la beneficia, porque tiene las tetas desparejas y el culo muy chico, además de las piernas torcidas de tanto pasar sentada mirando tele.

Vemos el programa en la tele. Jessica me prometió que nos iremos en la pausa. Eso no me tranquiliza en lo absoluto, porque mi paranoia sigue, ajena a lo que cuenta Loft Story. Va a entrar la cana por esa puerta y va a arrear con todos nosotros, conmigo mi primero, por mi cara de latino, y me van a acusar a mí de estar vendiendo, por mi cara de latino. Así que no presto mucha atención al programa, pero sí presto atención a la decoración de la casa, que es tan chic y a la vez tan burda: un espejo con marco caro en el living, artículos de cocina de lujo, tres colores distintos en cuatro paredes y una chica, objeto, que es lo más lindo que Mathieu el colorado ha logrado ligarse, ejerciendo la dictadura con un control remoto las manos, mientras se sienta sobre sus piernas deformadas de tanto estar sentada mirando la tele, y sostiene con la mano libre un teléfono celular de los caros, hablando con sus amigas, aprovechando las bonnes fortunes de su novio, el vendedor de drogas.

El programa se va a la pausa. Jessica se pone rápido sus botas y me dice que tengo que dejarla en su casa, porque no quiere perder ni un segundo del segundo bloque de su emisión favorita. Una vez en el auto, me dice: "¿Sabés? Creo que le caigo bien a la novia de Mathieu."


* “Le stock est sa table”: el producto (el stock) está sobre la mesa.

* refermables: Autocerrables. Se trata de esas bolsitas que las amas de casa usan para guardar comida en el freezer, y que tienen en su parte superior un dispositivo para cerrarse e impedir que el aire entre dentro de la bolsa. Ziploc es la marca más conocida.

*flics: policías.